



OPINIÓN | Obrita hemodinámica: aplausos para los bomberos
Diario Lider





Por Dr. Julio Collado (Abogado y dirigente peronista)
Si tiene cuatro patas, mueve la cola y dice «guau», lo más probable es que sea un perro.
Hace unos días, el médico salliquelense Darío Cavalié difundió un video grabado en las instalaciones del Hospital Municipal Pedro T. Orellana. Presentándose como integrante del Servicio de Hemodinamia, anunció la suspensión de la atención programada para los afiliados de IOMA producto de una deuda acumulada que superaría los 300 millones de pesos.


Sin embargo, un detalle no menor quedó convenientemente fuera de cuadro: el servicio funciona mediante Trenquecardiohemo SRL, una sociedad privada que opera dentro del hospital público desde el año 2010 y que, hasta la fecha, facturaba sus prestaciones a IOMA de manera indirecta a través del Municipio. Es decir, el reclamo se formuló dentro de una institución pública, por parte de los integrantes de una firma privada, atribuyéndole la responsabilidad a la obra social provincial mientras la comuna —eslabón indispensable del circuito de facturación— mantenía un llamativo bajo perfil (valga señalar que el profesional también integra el centro privado de nefrología de la calle Roca).
Aquel escenario desató un vendaval de comunicados, indignación social y una orquestada campaña pública contra el organismo bonaerense. El incendio ya estaba declarado.
Ayer asistimos al desenlace. La empresa privada avanzó finalmente en el mecanismo para transformarse en prestadora directa de IOMA, alcanzando la solución que se requería para eliminar la intermediación municipal. Es una buena noticia, sin dudas. Lo curioso empieza después, con el relato.
Resulta llamativo cómo distintos medios y voces afines al oficialismo local presentan ahora este resultado como un triunfo heroico de quienes denunciaron el problema, desentendiéndose de la responsabilidad de quienes administraban el esquema que provocó el conflicto.
La escena se asemeja a una pequeña obra en tres actos: primero se incendia la pradera; luego se convoca al pueblo para señalar el fuego; y finalmente aparecen los bomberos, apagan las llamas y reciben la ovación general.
¡Aplausos para los bomberos! Aunque, antes de aplaudir con tanto entusiasmo, valdría la pena preguntarse quién tenía los fósforos.


















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