



OPINIÓN. ¿Fake news, agresiones y descalificaciones es lo único que puede dar la política?
Diario Lider





La política atraviesa una crisis de identidad sin precedentes. En la era de la hiperconectividad, lo que debería ser un puente para el consenso se ha transformado, en muchos casos, en un campo de batalla donde la primera baja es la verdad. Hoy asistimos a un fenómeno peligroso: la sustitución de la gestión y el debate por la agresión. Ya no se busca convencer al otro con argumentos, sino anularlo mediante el descrédito o la fabricación de realidades paralelas.
Este escenario no es casual. El ecosistema digital premia la reacción rápida y visceral por sobre la reflexión. Cuando la política se rinde ante el algoritmo, la ética desaparece y da lugar a una "militancia del engaño" donde todo vale con tal de dañar al adversario. El problema es que, en ese incendio provocado, lo que se termina quemando es la confianza del ciudadano en sus propias instituciones.
Lo ocurrido en los últimos días en nuestra región es una muestra gratis —y dolorosa— de este deterioro y lamentablemente no es una situación nueva, sino repetida por eso la preocupación escala hoy más que antes.


La mentira como herramienta política
El caso del traslado sanitario de un bebé prematuro es un ejemplo de manual de cómo opera la posverdad. Una noticia fabricada, impulsada por cuentas falsas que usurpan identidades periodísticas, fue validada y compartida por dirigentes de La Libertad Avanza de Trenque Lauquen y Pehuajó sin el más mínimo chequeo de datos.
El dato era falso: el servicio no fue negado por la Provincia, sino gestionado por una obra social. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Cuando un dirigente utiliza su plataforma para amplificar una mentira, no solo ataca a una gestión; está jugando con la sensibilidad social y la salud pública para obtener un rédito político efímero.
El odio en la pantalla y en el teclado
Esta degradación no se limita a la desinformación; se extiende a la violencia verbal sistemática:
El ataque a la disidencia: Lo vimos en las notas de opinión de diversos dirigentes o comentarios en redes de gente que no comulga con el manejo político del país. Hoy la respuesta no es el debate de ideas, sino una catarata de descalificaciones personales, muchas de ellas provenientes de figuras públicas, personas ligadas a partidos políticos, instituciones locales y hasta ex candidatos a concejales. A saber, la crítica es parte vital de la democracia, y la libertad de expresión.
No importa cual sea el tema: inflación, reforma laboral, crisis, dólar y hasta la propia persepción del que publica, todo es factible de descrédito y agresión al que piensa de otra manera.
La cultura de la burla
En paralelo, el auge de ciertos streamings y medios ha normalizado el escarnio. Ver cómo se celebran burlas hacia discapacitados, desempleados o trabajadores bajo el disfraz de la "libertad de expresión" causa una profunda indignación. Es la política del matonismo digital elevada a categoría de entretenimiento.
Conclusión: ¿Hay salida?
Si la política se reduce a un concurso de quién grita más fuerte o quién inventa la mentira más viral, el resultado es la parálisis social. La política debe volver a ser la herramienta para transformar la vida de la gente: gestionar hospitales reales, mejorar rutas y generar empleo genuino, entre otras herramientas sociales.
La ciudadanía debe empezar a exigir un estándar más alto, subir la vara. El barro puede ganar un par de likes y visualizaciones en el corto plazo, pero nunca ha servido para construir una comunidad mejor. Es hora de recuperar la decencia en el discurso público antes de que el ruido nos impida volver a escucharnos.

















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